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Conversando con un psicoanalista

Parejas cansadas


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Por Luciano Lutereau

Nos escribe Pablo (Cañada de Gómez, 39 años): "Hola Luciano, te escribo otra vez por un tema de niños. Con mi pareja tenemos dos hijas, de 7 y 4 años y, como decís vos, somos 'padres cansados'. Amamos a nuestras hijas, pero nos pasa lo que decías en tu nota anterior, que terminamos turnándonos para estar con ellas y ahí yo me pregunto, ¿qué pasa con la pareja? Lo venimos charlando entre los dos, sentimos que estamos cada día más distantes y no es que no nos queremos, al contrario, pero se nos hace difícil, ¿qué consejo nos podés dar?".

 

Querido Pablo, ante todo: gracias por ser un seguidor habitual de mis columnas. A veces ocurre que no puedo responder todos los mensajes, o que con un texto para alguien respondo también a las inquietudes de otros. Pienso que este espacio de "conversación" lo fuimos creando con cuidado y respeto, por eso también mi gratitud -a través tuyo- hacia todos los lectores.

 

Asimismo, me pedís un consejo y, como suelo decir, si un consejo no es una receta (es decir, si no te voy a decir qué hacer) ¡entonces me animo a decirte algo! Porque mi trabajo no es juzgar ni dar lecciones de vida, sino situar criterios de reconocimiento que permitan que sepamos lo que nos pasa. Luego cada quien decide según su experiencia y sus propios valores.

 

Vayamos directamente a tu inquietud: ¿qué pasa con la pareja? Ahora bien, creo que la primera pregunta debería ser: ¿qué pareja? Porque tenemos la pareja parental y la pareja conyugal; es decir, en el ámbito familiar la pareja tiene dos caras, que requieren algún tipo de equilibrio.

 

Cuando me refiero a "pareja conyugal" no hablo necesariamente de dos personas que se tienen que haber casado. Sabemos que hoy en día es cada vez más frecuente que los niños lleguen por fuera de la institución matrimonial -que, además, está en retroceso y ya no obliga a nada. Casarse formalmente no es una condición para que haya un lazo fuerte entre dos personas; es decir, un lazo de compromiso recíproco y de disponibilidad afectiva.

 

Sin embargo, es cada día más difícil conseguir este nivel de intimidad hoy en día. Hay quienes prefieren permanecer al margen de los vínculos comprometidos. También están los que entran en un vínculo y no desarrollan esta dimensión hasta la llegada de un hijo; o bien el caso de las personas que tienen que redefinir su intimidad a partir del pasaje de la pareja hacia la familia. Todo esto es para decir que una pareja conyugal no necesita estar casada institucionalmente, pero es una pareja de este tipo si en ella se dan estas dos condiciones: compromiso y disponibilidad.

 

¿Qué ocurre con la llegada de un hijo? Algo esperable. Una parte del compromiso y la disponibilidad queda absorbido por los roles parentales. Pongamos un ejemplo más o menos típico: luego del nacimiento, es algo común que la pareja conyugal se distancie sexualmente, porque prima la conexión con el hijo; el cuerpo de la mujer está entregado a ese desafío que es la erotización del bebé. Aquí suele surgir una escena típica: que los varones empiecen con reclamos sexuales, pero esa demanda -que no respeta los tiempos de la madre y el bebé- suele ser una forma de estar celosos, de poner a prueba el amor de la mujer a la que temen perder. Porque lo cierto es que, para un varón, tener un hijo con una mujer es perderla un poco, en el sentido de que la prioridad en la vida de ella será el hijo y si el vínculo afectivo de la pareja estaba armado con un estilo infantil, es posible que le cueste resignar ese privilegio (ser el "niño mimado" de una mujer, su "Rey", para que el trono sea de una nueva Majestad, el bebé).

 

Tener un hijo con una mujer no es solo realizar un acto fisiológico que produzca un embarazo. Incluso esto último no es necesario, ya que el espermatozoide puede venir por otro lado. Ser el padre del hijo de una mujer, es poder amarla de otro modo, con una renuncia… a una parte infantil de uno mismo, para que el niño sea el hijo. Otra forma en que a varones les cuesta abandonar su lugar infantil para acompañar a una mujer en la crianza es la contracara de la situación anterior: que la mujer que es madre se vuelva una figura deserotizada y, por lo tanto, no les despierte ningún interés. En fin, este tipo de ejemplos son para situar qué intenso es el reacomodo que debe transitar una pareja en el tránsito hacia la familia. En efecto, lo más común es que muchas parejas se olviden de su conyugalidad y así es que con el tiempo quedan sometidas al desgaste.

 

Te respondo como varón, que le habla a un varón, para no detenernos también en los movimientos que incumben a las mujeres; por ejemplo, progresivamente recuperar un cuerpo diferente, post-parto, cuyo erotismo se redefine y, en principio, la excitación de algunas de sus zonas ya no será semejante -para el caso, después de la lactancia. Esto por no mencionar los cambios en la imagen del cuerpo, en fin, son cuestiones de las que se habla más hoy en día y, por eso, preferí quedarme con la perspectiva de los varones, que no es tan conocida.

 

Un hijo cambia la vida, pero también la vida tiene que haber cambiado para que un hijo llegue. El desafío es cómo hacer para que la parentalidad no se superponga a la conyugalidad, porque por esa vía –a la corta o a la larga– se termina en el cansancio, ya que el deseo de que nació la familia se olvida en obligaciones, tareas, turnos y, además, tampoco es bueno para los hijos. ¿A qué me refiero? Vos situás algo muy común, lo que ocurre cuando los padres empiezan a estar en escenas alternadas con los hijos y, por lo tanto, "ahora quedate vos y yo me voy" y viceversa. ¿Por qué digo que no es bueno? Porque los hijos no incorporan que hay una escena que los precede y respecto de la cual están excluidos. En sentido estricto, esta es una escena sexual, pero no necesariamente: un sustituto de esta escena puede ser, con el tiempo, que los padres duerman juntos y el niño en otra habitación; o si se practica el colecho, que los padres estén conversando y el hijo tenga que esperar.

 

Me detengo en este último punto, porque es algo que muchos padres comentan. Ni siquiera pueden charlar un rato entre ellos, sin sentir que su atención es reclamada; ¿de qué manera es que podrían ver una película o salir a cenar? Sin embargo, darle lugar a estos espacios, reconocer sin culpa que la pareja necesita su tiempo -sobre todo cuando, como vos decís, todavía se quieren- es poder distinguir, como hice antes, entre pareja parental y pareja conyugal.

 

Para dar un paso más en relación a esto último, quiero volver a la idea central de esta columna. La conyugalidad se basa en el compromiso y en la disponibilidad. Con la llegada de los hijos, estas dos variables se redefinen, pero no pueden perderse. Sin duda la llega de un hijo implica que tengamos que asumir roles de cuidado y protección, que son el núcleo de las funciones parentales, pero que eso no nos lleve a creer que podemos descuidar la pareja o abandonarla a un conjunto de ideales de crianza o de expectativas que sería solo parentales.

 

El amor de pareja, cuyo origen es la conyugalidad (incluso sin matrimonio), es un desafío para las parejas de hoy, que por momentos quedan absorbidas por la crianza de los hijos. Compromiso y disponibilidad, a veces, no requieren más que unos minutos, no son grandes actos ni salidas desesperadas para recuperar una pasión perdida, porque su centro tampoco gravita en torno a la sexualidad; el corazón de una vida amorosa con una pareja es no olvidarse del otro y, como dice una canción de Jorge Drexler, brindar porque compartimos "las mismas batallas".


Por Luciano Lutereau

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