Quiero escribir los mejores versos la noche que mataron a Maradona

Por Enrique Cruz (h), enviado especial a Rusia

Mientras el pueblo argentino brindaba el espectáculo más imponente en las tribunas y en las calles de esta San Petersburgo señorial, y la noche nunca se hacía noche, se mezclaban las emociones de alegría por la gran victoria ante Nigeria y la “no noticia” de que Maradona estaba muerto.


FIFA

Enrique Cruz (h) | (Enviado Especial a San Petersburgo, Rusia)

 

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”, recita Pablo Neruda en un poema que no tiene desperdicio y que se lo escribe a ese amor ya perdido. Puedo escribir la mejor nota esta noche, cuando me voy alejando de ese estadio omnipotente, lujoso, multicolor, que a orillas del mar Báltico se presenta imponente, abrigador, misterioso, mágico e inalcanzable. Es el estadio de los 1.100 millones de dólares; el estadio en el que cada uno de los más de 30.000 argentinos afuera de la cancha empujaron a los once de adentro a no bajar los brazos. Puedo escribir la mejor nota justamente la noche en que matamos a Diego Armando Maradona. Como si algún diablo ensañado haya querido meter la cola para frenar tanta alegría que se trasladó al Museo Hermitage y a cada rincón de esta soñada “Venecia rusa” que se abre con un encanto sin igual, haciendo realidad aquello de “la ciudad de la noche blanca”, pues no creo que haya habido un solo momento de la noche en que la oscuridad plena le haya ganado a la claridad de la luna llena y de un crepúsculo que definitivamente quiso amigarse y confundirse en un interminable abrazo con el amanecer. El mismo abrazo que usted se habrá dado con su padre, su madre, su hijo, su esposa o esposo, su amigo o con quién sea. El mismo abrazo que nos dimos con Dieguito Vain, el muy joven colega del diario El Territorio de Misiones que no terminaba de asombrarse por lo que veía y acompañaba a este periodista en esos gritos desaforados de gol que nos llevaron irremediablemente a la afonía.

 

¡Somos argentinos, carajo! Queremos al país, nos movilizamos por la celeste y blanca, creamos y derribamos dioses momentáneos y de carne y hueso. Somos así. Para bien o para mal. Gritamos que “la plaza roja vamos a copar” o no damos dos pasos sin dedicarles algo “a los brazucas”. Amamos a Maradona y también a Messi. Y lo cantamos. También los matamos. Como el martes a la noche a Diego en medio de esa algarabía sin parangón; a Messi, cuando no queremos ver lo que él deja ver: que a esa inigualable jerarquía que lo llevó a convertirse en el mejor jugador del planeta, le agrega amor y pasión para ponerse la camiseta de la selección y para cargarse siempre con la mochila de los pequeños fracasos y los malos momentos.

 

Estamos así. Al rojo vivo, jugando con el corazón en la mano, sin un plan, sin un libreto, con un montón de miserias que nos rodean, inmersos en el gran “puterío” y embarrados en el mismo lodo, como Discépolo refrendaba para todos los tiempos cuando hablaba de la “maldad insolente”. La maldad de los que inventan, pero también la maldad de aquéllos que permiten que los otros inventen.

 

Habíamos jugado un buen primer tiempo. El Banega al que se le pedía paredón y fusilamiento, manejaba la pelota con un criterio y una precisión de cirujano, como cuando le metió una pelota exquisita de 35 metros a Messi para dejarlo cara a cara con el arquero en el primer gol o repitiendo cuando le metió un pase fantástico entre líneas a Di María, que terminó con una foul que generó ese tiro libre de Messi que el arquero alcanzó a tocar con la punta de los dedos y pegó en el poste. El Mascherano al que se le pedía jubilación urgente, era un león sangrante que metía, ponía y se ofrecía siempre como eje distribuidor de la pelota. ¿Qué más le íbamos a pedir?, ¿que le gane un mano a mano a Musa?. Se equivocó en el penal que cometió, ¡claro que se equivocó! Pero eso no tapa su compromiso ineludible, el de un guerrero que lo iban a sacar muerto de la cancha, tan muerto como creyeron haber visto a Maradona. Y Messi, claro. ¡Qué primer tiempo el de Messi! Fantástico. Metió un gol con la derecha, clavando la pelota en el segundo palo, en el único espacio que quedaba entre las manos del arquero y el poste; le puso una pelota majestuosa a Higuaín que el Pipita no pudo capitalizar porque llegó exigido y apurado por la reacción del arquero y, por último, ese tiro libre ejecutado con maestría, al que le faltó un centímetro para que sea gol. Que digo gol, golazo.

 

Pero es Argentina. Somos Argentina. Y ante la primera adversidad nos llenamos de dudas. El golpe de Nigeria pareció a la piña que Briscoe le metió a Monzón en el Luna Park para hacerle ver las estrellas y el reloj. Ellos se metieron atrás a lo Islandia. Y otra vez a remarla. Banega ya dejó de tener esa claridad conceptual meridiana e inteligente del primer tiempo. Ya Di María empezó a chocar. Ya Messi dejó de arrancar por derecha, lugar en el que había encontrado algunos espacios y panorama para enganchar, dejar jugadores en el camino y levantar el estadio. Ya los nigerianos asustaban cada vez que se decidían a contragolpear porque los espacios eran muchos y ¡pucha que son rápidos los morenos! Entraron bien Meza y Pavón para abrir la cancha. El Pipita le erró al arco (¡justo él!) en una jugada clara de gol. Todos pedíamos que alguien encarara y se metiera en el área para poner en aprietos a los rivales y a ese árbitro que parecía “influenciable” para quedar bien con Dios y con el Diablo (ya le había dado un penal a ellos, ¿por qué no pensar en que podía repetir con nosotros?). Argentina esquilmaba sus pocas ideas en el choque constante, en las imprecisiones que llegan inevitablemente de la mano de la impotencia y de ese campanazo que aturdía cuando se cumplía cada minuto de juego que no era más que decirnos que estábamos a un minuto menos de irnos del Mundial y de acabar con la esperanza, con la ilusión y con la magia distinta que irradia el mejor jugador del mundo.

 

Nos mordíamos las uñas, los dedos, las biromes y cualquier cosa que andaba a las vueltas por ahí. La gente también. Pero tenían un plus extra de amor. “A lo lejos, alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca. Y ella no está conmigo”, dice Neruda. Canta la gente. 30.000 almas en la cancha y 40 millones en sus hogares a 15.000 kilómetros la buscan. ¿A qué?, a la victoria. Ella no está, se niega a llegar, los minutos pasan, los corazones se aceleran y desaceleran. Maradona muere pero no muere. Parece que todos empezamos a morir. Sampaoli ya hizo un surco. Messi se acerca y habla con él. ¿Qué le dijo?, vaya uno a saber. Sampaoli es un gran responsable por tanto cambio e imprevisión. ¿A qué jugamos?, en el primer tiempo a “algo”. Fue lo mejor desde que Sampaoli agarró el equipo. Después del gol de Nigeria, el fútbol se iba apagando más que el crepúsculo. ¿Había actitud?, sí. ¿Había entrega?, sí. ¿Había fútbol?, ya no. Messi buscaba la pelota, arrancaba y sólo tenía camisetas verdes alrededor. Ni una sola celeste y blanca que lo ayudara, lo respaldara, le devolviera paredes o le pique al vacío o a las espaldas de lo defensores como lo había hecho el Pipita en el primer tiempo.

 

Se iba el partido, se nos iba. “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”, sigue Neruda. “Aunque este sea el último dolor que ella me cause y éstos sean los últimos versos que yo le escribo”, refrenda su obra. La gente se levanta. Grita. Empuja. Mercado recibe la pelota. “Tirá bien un centro, uno solo, por el amor de Dios”, pensamos todos. Y lo tiró. Y apareció Rojo, mezcla del “Caballero” de Titanes en el ring con ese pibe nacido en un barrio humilde de los suburbios de La Plata y a quién su padre, que era vendedor callejero, pasaba a recogerlo para llevarlo 20 kilómetros en bicicleta hasta el lugar de entrenamiento, para empalmar de derecha (igual que Messi, con su pierna menos hábil) y clavar la pelota en un rincón inalcanzable para el arquero rival.

 

Se nos piantó a todos un lagrimón. Es imposible, tan lejos y habiendo vivido tanta angustia, no exteriorizarlo así. Con gritos y lágrimas. Eufóricos al extremo. Hace tiempo que sigo a la selección y hace tiempo que no veo –si es que alguna vez lo ví- que los jugadores se queden diez o quince largos minutos en el campo de juego celebrando con la gente. No se querían ir. Y la gente. ¡LA GENTE! Así, con mayúsculas. Un espectáculo inenarrable. Único. Incomparable. La mejor demostración de amor y fervor por una camiseta en este Mundial. Superior a los mexicanos, aquella tarde que le ganaron a los alemanes. “Ay, ay, ay, canta y no llores. Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”. Estallaban esos corazones. Los gritos de alegría se confundían con lágrimas. En un momento de cordura y reflexión, pensé: “Estoy asistiendo a un día histórico”. Y sí. Miraba a las tribunas, pensaba que estamos a 15.000 kilómetros y era eso. Histórico. No sé cuál será el final de esta historia. El equipo está ahí, al límite de desbarrancar siempre. Si jugamos con la autoridad del primer tiempo, se puede sostener alguna ilusión. Si no, estamos complicados. Muy complicados, diría. Puede que aparezca el temple, que se destapen los jugadores (como lo hicieron algunos ante Nigeria), pero no creo que veamos un equipo en todo el real sentido de la palabra. Y le pido perdón. Pero es lo que pienso y no quiero traicionarle su emoción y su optimismo metiéndole un cuchillazo por la espalda. Pero es así. Lo siento así. Mientras tanto, henchido de emoción voy caminando por las afueras del Krestovski monumental, multicolor, perfecto e insinuante, pensando en escribir los mejores versos, justo en esta noche –que nunca fue noche- en que mataron a Maradona.

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